Una vez que se pierde la credibilidad, se pierde el poder de representar.

El incomparable profesor Juan Carlos de Pablo me contó una relato que quiero compartir con ustedes, como comienzo a la columna de hoy.

“Un erudito muy famoso y galardonado de Europa del Este escribió su teoría sobre la credibilidad y los eventos posteriores. Contó que un día, que nunca entendió cómo ni por qué, le fue infiel a su esposa con un compañero de la academia. Arrepentido, se lo dijo a su mujer y, según sus palabras, desde ese día comenzó su martirio, porque ella, sorprendida por el hecho pero agradecida por su sinceridad, lo perdonó.

A partir de ese día, cada vez que llegaba tarde por exceso de trabajo o problemas de tránsito, su esposa lo recibía con un lapidario: “¿Puedo saber dónde has estado?” Llegó incluso al punto de tener que mentir para evitar referirse a un hecho cierto pero poco creíble –como un pinchazo–, y dar una excusa más aceptable.

La enseñanza de este erudito a sus alumnos, utilizando su historia personal, fue que “Una vez que se pierde la credibilidad, se pierde el poder de actuar”. Y, por mucho que digas la verdad, siempre se sospechará que no es verdad.

Claramente, Parece que esta vez nuestra Argentina quiere empezar a poner en orden sus cuentas fiscales. Pero, ¿Tiene la credibilidad necesaria para poder sostener esta política que tanto luchó en el tiempo?

Aunque los mercados salieron de un estado de pánico, nadie quiere invertir nada más allá de marzo de 2023. La pregunta es: en un año con elecciones, ¿seguirán con el ajuste o volverán a hacer favores, sacrificando el futuro para ganar algo en el presente?

Después de sostener lo contrario durante muchos años como base de un modelo económico, los funcionarios decidieron eliminar subsidios, mejorar el tipo de cambio oficial para algunos sectores, arreglar con el FMI los lineamientos para que por lo menos financien los desembolsos que tenemos que hacer en estos meses, suban las tasas de interés para incentivar a los inversionistas a quedarse con los pesos y no deshacerse de ellos, incentivar el negocio financiero sobre el productivo ofreciendo rentabilidades por encima de la inflación .

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Si bien son medidas que nos ayudan a alejarnos del precipicio, ¿es creíble que un gobierno que hizo suyas las banderas del no ajuste, el no endeudamiento, las tasas de interés negativas y el repudio a los organismos multilaterales y empresas de origen estadounidense ahora predique casi por el contrario? ¿Se pueden mantener este tipo de medidas cuando quienes las ejecutan no creen en ellas? ¿Por qué deberías creerles?

El problema es que, aunque el camino escogido sea el correcto, si los pasajeros perciben que los pilotos son cambiantes y desviados, difícilmente disfrutarán de viajes largos.

Personalmente, creo que las medidas ayudan a estabilizar las cuentas fiscales y a enderezar el barco, pero eso, por hacer todo tarde, la recesión es inevitable, ya que el poder adquisitivo de los ciudadanos está disminuyendo y el costo financiero de acumular mercadería sin vender ya es muy oneroso para las empresas. Esto en economía se llama “costo de oportunidad”.

Es como si la macro hiciera enriquecer a la micro el costo de sus errores de trámite. Ya lo vamos a notar cuando nos alcancen las tasas con incrementos, cuando veamos el costo financiero de una maleable de crédito o el descuento de un cheque para un industrial o comerciante.

Agregado a esto, la incertidumbre de precios interrumpe cualquier planificación presupuestaria. ¿El dólar vale 140, 200 o 280 pesos? ¿La inflación será del 80, 90 o 100%?

¿Un exportador que no sea de soja tiene incentivos para entregar divisas a 140 pesos, si otros sectores se reconocen a 200 pesos el dólar? Un importador, ¿a qué precio de reposición calcula su próxima operación en el extranjero?

La incertidumbre paraliza y acaba siendo el peor enemigo del patrón, del trabajador o del consumidor.

El Estado comienza a ajustarse, pero el ciudadano es quien paga la cuenta. Voy a utilizar un ejemplo diario para expresar por qué la recesión castiga al sector de menores ingresos.

Supongamos que una persona a la que llamaremos Juan recibe por sus conferencias un ingreso similar al que paga a una empleada, a la que llamaremos Inés, por su ayuda semanal en las tareas del hogar. Supongamos que los comentarios de los asistentes a las conferencias de Juan empiezan a ser muy críticos con su desidia de innovación. Es muy posible que dejen de contratar a Juan y que pierda una fuente de ingresos.

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Seguro que Juan hablará con Inés y le explicará que las cosas no le van muy admisiblemente y que, por restricciones presupuestarias, va a prescindir de sus servicios durante un tiempo.

Pedir: ¿Quién paga la mala trámite? ¿Juan o Inés? Seguramente perderá calidad de vida, pero mantendrá su consistencia monetario. Pero, para ella, ese trabajo representa el 100% de sus ingresos. La recesión siempre la acaba pagando quien no sabe traducir en precios su mala trámite.

Es factible ganarse el cariño de la clan repartiendo mosca, especialmente si es el mosca de otra persona. Pero se vuelve difícil no alienarse cuando deja de negociar.

La recesión conduce inevitablemente a un profundo replanteamiento político. Creo que la sociedad entendió que la inflación y el desorden macro quitan cualquier posibilidad de avance futuro y que, si el horizonte es claro, es calibrado y hay evidencia de que el esfuerzo vale la pena, es factible que se pueda estar con ese ajuste. Ahora, nuestros líderes, ¿estarán a la prestigio de la sociedad? ¿Están dispuestos a hacer su ajuste? Para mí no, y harán todo lo posible por conservar sus lugares de privilegio. Habrá que ver si la sociedad aprende a castigar la demagogia inoportuna.

Parece que nuestra civilización mantiene un adulterado dogma: comemos, vestimos, nos divertimos o nos vacunamos gracias a un presidente oa un partido político. Como si se tratara de fe y no de esfuerzo, de apañarse y construir el futuro que cada uno anhela. Lo bueno es que, para mí, la sociedad se está dando cuenta y quiere cambiar.

La reputación se mide por lo que se hace, no por lo que se dice. El prestigio vale mucho más que cualquier decreto o suma de mosca. Para perdurar y trascender se necesita crédito financiero y crédito social; es asegurar, ganarse la confianza de los demás, y eso se logra con títulos no monetarios. El prestigio no se operación ni se vende, se siente o no se siente. Lo bueno es que, para mí, la sociedad se está dando cuenta y quiere cambiar.

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Mantengo mi firme optimismo de que la exposición permanente de los hechos por encima de las historias y la tecnología como difusora inmediata de los acontecimientos que nos lleva a estar en un mundo cada vez más transparente y expuesto, producirá un resultado muy positivo.

Si vamos a yantar a un restaurante donde la cocina no está a la instinto de los comensales, es probable que los cocineros no tengan cuidado a la hora de repartir las cestas de pan, o si se cae un tomate o una milanesa al suelo, se seguramente terminará en un plato de alguno de los clientes. En cambio, si la cocina está a la instinto de todos, es muy difícil que los cocineros manipule mal los productos. Evidentemente es más caro, pero creo que el comensal siempre optará por la transparencia. Amigos, ser transparentes y creíbles tarde o temprano da buenos frutos.

En los últimos abriles, como sociedad, aprendimos a valorar no solo la escasez, sino asimismo el costo de oportunidad de las decisiones no tomadas a tiempo. Y aprendimos que lo que está en movilidad es nuestro tiempo, que es el valía más escaso.

Hay una gran luz de esperanza: si la batalla cultural de lo que significa el mérito, la educación como motor, la ética y la honestidad como pilares, y la transparencia como sistema de intercambios ocupa la memorándum diaria, quizás la Argentina sea el zona para nosotros y nuestros niños. Si es cierto que los mercados van por delante de los procesos económicos y sociales, Creo que los precios de los activos argentinos ya descontaron el proscenio agobiante y hace varias semanas empezaron a recuperar valía.

Creo que algunos inversores comenzaron a percibir que Son muchos más los ciudadanos argentinos que quieren estar de la dignidad de su trabajo y esfuerzo, y no de las limosnas del gobierno. El éxodo de nuestros hijos nos está haciendo reaccionar y ver que, así, no vamos a ningún buen puerto, y que es mejor combatirlo en nuestro país que ser sudaca en algún zona del mundo. ¿Seremos capaces de hacerlo? Si crees, como yo, que la respuesta es sí, Argentina es una oportunidad.